MemoriaHay personas que no tienen ningún reparo en soltar falacias sin sonrojarse. Llegan a tal maestría en aseverar todo tipo de calumnias, que creen a pies juntillas que lo que están diciendo es cierto como la vida misma.

El olvido también forma parte de esta técnica de desahogo. Esta amnesia inducida les hace caer en contradicciones que les lleva a la alegría, y no se dan por aludidos cuando se les informa de las incongruencias emitidas.

Me han dicho que no es conveniente poner nombres a estos individuos que se creen que todos somos desmemoriados. Sin embargo creo que no hace falta recurrir a estos descubrimientos, puesto que todos sabemos quien suelta estas lindezas que luego olvidan, o tal vez no. Tal vez no olvidan, quizás sólo sea parte de su peculiar personalidad, y sean perversos por naturaleza.

Pueden pasar de un estado de agresividad y descrédito, a uno pacífico y de honradez que raya en lo patético.

Pero no nos confiemos, no es lo que nos muestran. Detrás de esa amabilidad y confianza que demuestran en los acontecimientos actuales, se esconde la no aceptación de uno mismo, la rabia contenida -sólo a veces-, el desconcierto ante lo inesperado, y sobre todo el no poder llegar a más, el paraíso que imaginaban y esperaban no existe.

Por otra parte, las discordancias de sus palabras están en consonancia con sus actos, pues quieren actividad belicosa para poder combatir, y sin embargo, cuando se les presenta batalla, no aceptan que la defensa sea exteriorizada, para así tener argumentos y poder hacer cualquier reproche.

Ya sé que es un caso de diván, pero me fascina la facilidad que evidencian para tergiversar palabras, obras y actos ajenos para beneficio propio.

Pero estos sufridos desmemoriados, usuarios de divanes y consumidores del victimismo, se les reconoce y si es posible se les evita, más que nada para no ahondar en su padecimiento, que según los especialistas, si bien tiene tratamiento, la recuperación no está asegurada.

 

La foto del blog de Sensemirar.

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