Alabado sea Dios

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Censura religiosaCon la Iglesia hemos topado.

Desde el respeto más profundo hacia cualquier creencia religiosa, me vais a permitir que me lleve las manos a la cabeza y exprese mi conmoción ante lo que creo es un claro abuso de poder y una falsa muestra de honorabilidad y ofensa.

Hemos llegado a un punto casi insostenible, donde el derecho a la libre expresión está siendo coartado para según qué opiniones o acciones y es muy relativa la condena que se aplique a una persona, ya que todo depende de lo que se esté denunciando.

Nadie se atreve a denunciar las palabras, por muy vergonzantes que sean, de un prelado, porque al parecer tiene conexión directa con Dios. Así podemos oír frases como: “Hay menores que desean el abuso e incluso provocan” o “Si una mujer aborta, da al varón la licencia sin límites de abusar de su cuerpo” palabras llenas de amor y buenos deseos, ya que son los representantes de Dios ante los pobres de espíritu.

Ante estas palabras dichas desde el púlpito de la razón, a nadie se le pasa por el corazón acusar ante la justicia estas incitaciones al machismo y a la pedofilia.

Sin embargo, sí se denuncia a una persona que como mucho su pecado ha sido el de una posible auto sobrevaloración física.

Los que denuncian estas muestras de poco respeto hacia su fe religiosa, igual podrían sentirse también ofendidas por la multitud de ataques hacia la mujer, o por la infinidad de niños desprotegidos sin un hogar o un alimento que tomar.

También puede ser ofensivo, y nadie denuncia, que no se respete la tendencia sexual de una persona, sólo se denuncia que estas personas, mayores y niños, ultrajan la decencia de una sociedad falsamente puritana.

Nadie denuncia y a nadie ofende, en esta descomunal era digital, que se abuse de niños y niñas amparados en un anonimato denigrante. Sin embargo, cruzan los dedos para que sus hijos e hijas no caigan en la ignominia de un ataque que les deshonrará, aunque ellos sean las víctimas.

Dejemos los falsos oprobios disfrazados de honradez, sólo hay una ofensa por la que reclamar, quizás al poder divino: la falta de libertad de expresión.