En un lugar de la Axarquía III.

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Axarquia

Recuerdo casi todos los coches que hubo en mi casa, unos porque los viví y otros porque los vi en fotos. Realmente eran fantásticos.

Mi padre siempre estuvo sobre ruedas, primero sobre dos, incluido moto con sidecar, y luego sobre cuatro, incluido camión.

El primer coche que recuerdo era un renault Gordini, redondo… gordito. Su estabilidad no era buena, eso ya se sabe, pero era grande y cómodo.

También hubo en casa un citroen, “la loca” le decían, y hay que decir que la calidad del chasis no era su mejor cualidad, pero era moderno.

Un día viniendo de Marbella, que mi padre vino a recogerme, hacía un poco de aire por esa carretera que bordea la costa y que Hohenlohe puso de moda, una ruta muy bonita, pintoresca y aún casi sin explotar. En una ráfaga de viento algo más fuerte, el capó del coche decidió levantar el vuelo, así, sin consultar con nadie. Yo estaba alucinando entre el susto y el desconcierto. Pero ahí ves a Calderón que, ni corto ni perezoso, se echa a un lado de la vía y baja hasta el borde de la playa, recoge el trozo de chapa, lo vuelve a poner en su lugar y reanuda el viaje. Sólo dijo: “Hay que ver a dónde a ido a parar el capó”. Estas cosas eran habituales en los viajes con mi padre, no sabías qué podía ocurrir una vez que montabas en esas bestias diabólicas.

Luego llegó el seat 1500, “el tanque”.

¡Cuantos kilometros podía hacer ese coche! Lo tuvimos en negro, en blanco…. Recuerdo que para poder arrancarlo había que recurrir al auto arranque, entonces el motor del monstruo rugía y se movía como si tuviera dentro millones de elefantes. Cuando al fin funcionaba, la capa de ozono sufría un duro proceso de deterioro. ¡Cuanto daño hizo el motor diesel y la laca en los 70 y los 80!

Los viajes en este rudo coche eran cuanto menos peculiares, porque no sabíamos qué podía acontecer en estos periplos familiares. Una vez, en una salida que llovía a cántaros ¡se rompió el limpiaparabrisas! Mi madre, muy hacendosa ella, iba haciendo punto y a mi padre se le encendió la bombilla. Cogió un trozo de hilo de lana y enganchó el artefacto. Desde dentro, entre los dos, empujaban el limpiaparabrisas, hacia la derecha uno y hacia la izquierda el otro. Así hasta llegar a destino que, por supuesto, volvió a arreglar el problema, ya no recuerdo cómo, yo estaba ya en otros menesteres propios de mi edad.

Íbamos a lo loco, sin ninguna mínima medida de seguridad, cinco criaturas sueltas en esos asientos de escay (skay) que resbalaban y eran duros como la piel de los elefantes que llevaba en el motor. Afortunadamente las velocidades no eran de competición y las carreteras… ¡Aquellas carreteras!

Así, ya todos dispuestos en el asiento trasero, un par de golpes a la cinta para aflojarla y a escuchar música durante el viaje… ¿Eso que suena es Peret?

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